Somos lo que pensamos

Estoy leyendo un libro sobre cómo la era actual está modificando nuestros cerebros, y me encontré con una parte que asocié rápidamente a la Indagación Apreciativa.
Lo veo como la explicación física de por qué los sistemas humanos se mueven hacia los temas que tratan. Esa “gimnasia” de mirar lo que funciona bien en una organización y potenciarlo, antes de corregir lo que no funciona, nos convierte en positivos hasta cerebralmente, como se lee a continuación:

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NICHOLAS CARR. “Superficiales”, fragmento del capítulo 2

(…) Ahora sabemos que nuestras formas de pensar, percibir y actuar no están del todo determinadas por nuestros genes. Tampoco vienen totalmente determinadas por las experiencias de nuestra niñez. Las vamos variando en función del modo en que vivimos y, tal como percibió Nietzsche, a través de las herramientas que utilizamos.

Edward Taub (…) realizó un famoso experimento con un grupo de violinistas diestros. Mediante una máquina que controla la actividad neuronal, midió las áreas de la corteza sensorial que procesaban las señales de su mano izquierda, la que usaban para pulsar las cuerdas de sus instrumentos. También midió las mismas áreas corticales en un grupo de voluntarios diestros que nunca habían tocado un instrumento musical. Descubrió que esas áreas en el cerebro de los violinistas eran significativamente mayores que las de los no músicos. A continuación midió el tamaño de las áreas corticales que procesan las sensaciones de la mano derecha de los sujetos. En este caso no encontró diferencias entre músicos y no músicos. Tocar un instrumento musical como el violín había dado lugar a importantes cambios físicos en el cerebro. Eso se cumplía incluso para los músicos que habían cogido por primera vez sus instrumentos siendo ya adultos.

Cuando los científicos han enseñado a primates y otros animales a usar herramientas simples, han descubierto cuán profundamente puede influir la tecnología en el cerebro. A los monos, por ejemplo, se les enseñó cómo utilizar rastrillos y pinzas para agarrar alimentos que de otro modo habrían quedado fuera de su alcance. Cuando los investigadores supervisaron la actividad neuronal de los animales a lo largo de su proceso de aprendizaje, se encontraron con un crecimiento significativo en las áreas visuales y motrices relacionadas con el control de las manos que sostenían las herramientas.

Pero también descubrieron algo aún más sorprendente: los rastrillos y pinzas habían llegado a incorporarse, de hecho, a los mapas cerebrales de las manos de los simios. Las herramientas, por lo que concernía a los cerebros de los animales, se habían convertido en partes de su cuerpo. Como informaron los investigadores que habían realizado el experimento con las pinzas, el cerebro de los monos comenzó a actuar «como si las pinzas fueran dedos de la mano».

La mera repetición de acciones físicas no es lo único que puede reorganizar nuestros cerebros. Una actividad puramente mental también puede alterar nuestros circuitos neuronales, a veces de forma profunda. A finales de la década de 1990, un grupo de investigadores británicos escaneó los cerebros de dieciséis taxistas de Londres que tenían entre dos y cuarenta y dos años de experiencia detrás del volante. Cuando compararon sus escáneres con los de un grupo de control, encontraron que la parte posterior del hipocampo de los taxistas, una parte del cerebro que desempeña un papel clave en el almacenamiento y la manipulación de representaciones espaciales en el entorno de una persona, era mucho más grande de lo normal. Además, cuanto más tiempo llevara un taxista en ese trabajo, mayor tendía a ser su hipocampo posterior. Los investigadores también descubrieron que la parte anterior del hipocampo de los conductores era menor al promedio, al parecer a consecuencia de la necesidad de acomodar la ampliación de la zona posterior. Pruebas posteriores indicaron que la disminución del hipocampo anterior podría haber reducido la aptitud de los taxistas para otras tareas de memorización.

El constante procesamiento espacial necesario para moverse por la intrincada red viaria de Londres, concluyeron los investigadores, «se asocia con una redistribución relativa de materia gris en el hipocampo»[49].

Otro experimento, llevado a cabo por Pascual-Leone cuando era investigador de los Institutos Nacionales de Sanidad, proporciona pruebas aún más evidentes de la manera en que nuestros patrones de pensamiento afectan a la anatomía de nuestros cerebros. Pascual-Leone reclutó a voluntarios que no tenían experiencia en tocar el piano y les enseñó una melodía simple que constaba de una corta serie de notas. A continuación los participantes se dividieron en dos grupos. Pidió a los miembros de uno de los grupos que practicaran la melodía en un piano dos horas al día durante los próximos cinco. Luego pidió a los miembros del otro grupo que se sentaran delante del piano durante la misma cantidad de tiempo, pero que se limitaran a imaginar que tocaban la melodía, sin llegar siquiera a tocar las teclas. Mediante una técnica llamada estimulación magnética transcraneal, o TMS, Pascual-Leone registró la actividad cerebral de todos los participantes antes, durante y después de la prueba.

Encontró que la gente que sólo había imaginado tocar las notas presentaba exactamente los mismos cambios en su cerebro que los que de hecho las habían tocado al piano[50]. Su cerebro había cambiado en respuesta a acciones que sólo se habían producido en su imaginación; es decir: como respuesta a sus pensamientos. Puede que Descartes se equivocara con su dualismo, pero parece haber acertado al creer que nuestros pensamientos pueden ejercer una influencia física sobre nuestros cerebros, o al menos provocar una reacción física en ellos. Neurológicamente, acabamos siendo lo que pensamos.

Michael Greenberg, en un ensayo publicado en 2008 en New York Review of Books, encontró la poesía de la neuroplasticidad cuando señalaba que nuestro sistema neurológico, «con sus ramificaciones, transmisores y lagunas ingeniosamente distribuidas, tiene una virtud de improvisación que parece reflejar el carácter imprevisible del pensamiento mismo». Es «un lugar efímero que cambia con nuestra experiencia»[51]. Hay muchas razones para estar agradecidos al hecho de que nuestro hardware mental sea capaz de adaptarse tan fácilmente a la experiencia, que incluso a los cerebros de más edad se les puedan enseñar trucos nuevos. El conocimiento de la adaptabilidad del cerebro no sólo ha dado lugar a nuevos tratamientos (y con ellos una nueva esperanza) para aquellos que sufren de lesiones o enfermedades cerebrales. Nos dota a todos de una flexibilidad mental, una esbeltez intelectual, que nos permite adaptarnos a las situaciones nuevas, aprender nuevas habilidades y en general ampliar nuestros horizontes.

Pero no todo son buenas noticias. Aunque la neuroplasticidad proporcione una escapatoria al determinismo genético, un resquicio para el pensamiento independiente y el libre albedrío, también impone su propia forma de determinismo a nuestro comportamiento. En particular, los circuitos del cerebro se fortalecen mediante la repetición de una actividad física o mental, que comienza a transformar dicha actividad en un hábito. La paradoja de la neuroplasticidad, observa Doidge, es que, con toda la flexibilidad mental que nos otorga, puede llegar a encerrarnos en «comportamientos rígidos». Las sinapsis químicamente provocadas que enlazan nuestras neuronas nos programan, en efecto, para querer mantener en ejercicio los circuitos que han formado. Una vez que hemos cableado un nuevo circuito en nuestro cerebro, escribe Doidge, «anhelamos mantenerlo activo». Ésta es la forma en que el cerebro afina sus operaciones. Las actividades rutinarias se llevan a cabo de manera cada vez más rápida y eficiente, mientras que los circuitos no utilizados se van agostando.

Plástico no significa elástico, en otras palabras. Nuestros lazos neuronales no se ciñen a su estado anterior como una cinta de goma, sino que persisten en su nuevo estado. Y nada dice que ese nuevo estado tenga que ser el deseable. Los malos hábitos pueden arraigar en nuestras neuronas con tanta facilidad como los buenos. (…)

No es de extrañar que la neuroplasticidad se haya relacionado con afecciones mentales que van desde la depresión al trastorno obsesivo-compulsivo, pasando por el tínitus. Cuanto más se concentra en sus síntomas una persona que sufre, más se le graban los síntomas en sus circuitos neuronales. En el peor de los casos, la mente en esencia se entrena para la enfermedad. También muchas adicciones se ven reforzadas por el fortalecimiento de esas vías plásticas en el cerebro. Incluso dosis muy pequeñas de drogas adictivas pueden alterar drásticamente el flujo de los neurotransmisores en las sinapsis de una persona, dando lugar a alteraciones duraderas en los circuitos del cerebro y su función.

En algunos casos, la acumulación de ciertos tipos de neurotransmisores como la dopamina, una prima placentera de la adrenalina, parece realmente impulsar el encendido o apagado de ciertos genes particulares, lo que fortalece aún más la ansiedad por la sustancia. Los caminos vitales se vuelven letales.

(…) La posibilidad de deterioro intelectual es inherente a la plasticidad de nuestro cerebro. Eso no significa que no podamos esforzarnos una vez más en redirigir nuestras señales neuronales para reconstruir las habilidades perdidas. Sí significa que las trayectorias vitales de nuestro cerebro serán los caminos de menor resistencia.

Serán los caminos que la mayoría de nosotros tome la mayoría de las veces; y cuanto más avancemos por ellos, más difícil nos será dar marcha atrás.

 

Así que ya saben, a leer No Mas Pálidas que nos cambia la cabeza.

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Pasión

“El futuro no pertenece a los gestores o administradores, a los que hacen danzar los números, o a los que conocen a la perfección todas las jergas que utilizamos para parecer inteligentes… El mundo pertenecerá siempre a los apasionados, a los líderes. Esas personas que no sólo poseen enormes energías, sino que son capaces de transmitir esas energías a quienes dirigen”
- Jack Welch

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Clip

4 de febrero de 2012.

Casamiento Francisco Vidiella – Soledad Durán.

Parroquia San Juan Bautista

Club de Golf del Uruguay

Montevideo, Uruguay

http://www.fvidiella.com/

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Discriminación positiva

Según algunos medios de prensa, a la Sociedad  de Ginecología le preocupa que, a raíz de la despenalización del aborto, se discrimine a aquellos ginecólogos que decidan no practicar abortos por objeción de conciencia.

Yo creo que aquí también los que estamos en contra del aborto podríamos poner nuestro granito de arena:

Propongo que hagamos una discriminación positiva, eligiendo o promoviendo la elección de ginecólogos pro-vida para que atiendan a las mujeres de nuestras familias. 

Difundamos esta idea entre nuestras amigas, madres, hijas, parejas, colegas, y demás. Sugiéranles que pregunten a su ginecólogo cuál es su posición al respecto, y si ellos manifiestan hacer abortos, o los promueven de alguna manera, les informen que van a cambiar de médico. Si son pro-vida, que también les expliquen por qué continuarán atendiéndose con ellos.

Esta claro que con esta medida no vamos a reducir el número de abortos, pero al menos vamos a estar apoyando a quienes se la juegan por sus valores, y piensan que la vida es un bien sagrado que debemos proteger.

El Uruguay acaba de dar un paso lamentable a favor de la cultura de muerte, convirtiéndose en uno de los pocos países de América que liberaron el asesinato de niños por nacer. No pudimos detener esta ley. Pero la tarea continúa. Y en mi opinión, se continúa por la positiva, defendiendo a la vida y a quienes la promueven. Parándonos de su lado, apoyándolos.

 

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MAPFRE Uruguay refuerza sus objetivos de venta en el segmento Vida – 24/08/12

 

 

 

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