El post anterior no quedaría completo sin explicar el por qué de tanta ironía. Y ¿qué mejor para eso que revisar las experiencias deportivas en mi infancia y juventud?
Empecemos con lo general: no sirvo para los deportes.
Sigamos con lo particular: no soy bueno para ningún deporte en particular.
No sé si llamarme chancleta (porque no sirvo para ningún deporte), pero digamos que no podría vivir de ninguno.
A pesar de mi corta edad (ja!) hice intentos con varios deportes. Si algo soy, es terco. Así que no iba a dejar por sentado que no sirvo así nomás.
Fútbol: mi madre no tuvo mejor idea que mandarme a un colegio de varones. Y doble horario. ¿Qué se hace en un Colegio de hombres aparte de agarrarse a las piñas y poder tirarse pedos tranquilamente ya que no está la clásica compañerita que se ofende? Exacto. Jugar al fútbol. Todos los mediodías (todos) una hora de Peñarol-Nacional. Y no eran de 11 contra 11. Jugaban todos los que se quisieran meter en la cancha. A veces jugábamos de a 40 o 50! Había que tener cierta técnica para jugar entre tantos. Yo no la tenía. Así que si escuchabas puteadas, seguramente iban dirigidas a mi. O a un tal Sebastián, creo que era todavía peor que yo.
Cuando entre amigos hacíamos un picadito, ¿a quién era el último que elegían? You’ve got it. La frase “tiene dos piernas izquierdas” me queda grande.
Desde ‘teen’ empecé a fumar, así que tuve la excusa perfecta para desertar de los partidos de mediodía a fumar un puchito (y jugar todavía peor cuando no desertaba).
Karate: Si viste la película Karate Kid a los 8 o 9 años, empezaste Karate, Taekwon-do, o algún arte marcial. Es un hecho, como las fases lunares. Si a eso le agregas que tu hermana tiene un novio taekwondista, no te podés escapar. En esta arte/deporte, la clave es la constancia. La constancia que tiene tu mamá de hincharte los quinotos para que sigas yendo. El día que dejó de traerte el karategi y decirte: “dale que llegás tarde”, ese es el día que se acabó tu camino de ser el sucesor de Bruce Lee. Es que seamos realistas, los primeros años de Karate, es una gimnasia con cierta mística, nada más. Nunca pegás una piña en la cara a alguien. Todo el día haciendo Kata! Y como nos aburríamos, charlábamos con un par de amigos, y ahí venían las penitencias del profe: correr alrededor del Dojo, hacer lagartijas (push-ups), o abdominales (y después el profesor pasaba caminando por arriba nuestro, qué hdp!). Una buena: todavía me acuerdo cómo se cuenta hasta 10 en japonés.
Tenis. Una palabra: “ACE“.
Paddle. Como todos en esa época, me subí a la ola de jugar a ese pseudo-tenis entre paredes. Claro, es un deporte que después que le agarrás la mano, jugas casi parado. La ola se fue y yo bien seco. Me acuerdo un partido que jugamos, mi viejo y yo, contra un amigo mío y su padre. Nuestros papás, nuestra guía, nuestro modelo en la vida… casi terminan agarrándose a las piñas. Al margen de eso, me sorprendió cómo jugaba mi padre. Es un tipo grande (bastante grande), así que cuando organizó el partido pensé que perdíamos por destrozo. Pero ganamos. Y eso que él no corrió una sola pelota. Esa era mi función, no importa de qué lado de la cancha viniera la pelota. Él se dedicaba a estar parado en el lugar correcto y poner la pelota donde tenía ganas.
Paleta. Es la razón por la que mi viejo jugó bien ese partido de Paddle. Jugó mil años a la paleta, sabía todo sobre paredes y efectos. No entiendo por qué este deporte no se juega mucho más. Es excelente. Si sos malo, podés jugar con pelota boba y divertirte mucho. Si sos bueno, jugás con balín y tiene cierta adrenalina. En fin. Jugábamos en los veranos en el club, y no me iba tan mal. Era un deporte que jugábamos en verano, a veces de traje de baño y alpargatas (me acuerdo el día que estrené alpargatas y esa tarde las tiré a la basura después de jugar todo el día -ante la puteada maternal, mi defensa fue que gané varios partidos-).
En esta categoría entran otros deportes similares como el squash y el frontón. Los que practiquen alguno de estos deportes dirán que no tiene nada que ver con la paleta. Whatever.
Natación. Fui un par de años para mejorar de una supuesta asma que tenía y que resulta que no, era rinitis nomás. La primera vez que entre al club Biguá, había una morocha que se partía (bueno, se partía para mis 8 años de edad). Llegué y el profe me dice: “Hola. Vamos! Al agua!” Como estaba la morocha ahí, no pude ni plantearme la típica duda de qué tan fría estará el agua. No aplicaba. Me tiré sin pensarlo, a lo macho carajo! Saco la cabeza y escucho “Pero dejá las chancletas afuera de la piscina, nene!”
Después de eso, la cosa mejoró abismalmente (y si, no podía estar peor).
Hasta salí medalla de plata en una carrera. Éramos 2.
La parte buena es que es un buen deporte. Las remeras me quedaron chicas de espalda enseguida.
De grande volví a anotarme en un club para ir a nadar. Fue la media hora de piscina más cara la historia. Matricula, examen médico, cuota social, etc. Media hora de nado, y nunca volví.
Surf. Un verano (uno de los mejores de mi vida -se merece un post aparte-), nos fuimos con amigos a Cabo Polonio. Teníamos unos 16 años. Primera vez que nos íbamos sin mayores de vacaciones. Antes de ir, arreglamos una vieja tabla de surf para que yo pueda probar suerte con el deporte. Estuve como 20 días tratando de pararme en la tabla, y cuando lo logré, me pegué tal susto que me tiré al agua. Pero aprendí a arreglar tablas de surf eh!
Kayak. En ese mismo verano, después de ver que el surf no era lo mío, me subí a un kayak que había en la casa donde estábamos parando. Les recomiendo mucho barrenar olas en esa especie de canoa cerrada. Es buenísimo! El único problema que tenía es que el kayak estaba lleno de agujeros, así que el circuito era así: Entrar al agua, barrenar una ola, salir del agua, levantar una de las puntas del kayak para que se vacíe, y vuelta a empezar. Y no pierdas una ola, vas a tener que salir a vaciarlo igual o te hundís!
Hay más anécdotas de mis deportes, no se pierdan el próximo post!




