Bueno, para ser de terror en todos los deportes, ya escribí bastante de ellos ¿no?
Faltó un deporte. Si hubo uno que me llegó a la médula, ése fue el golf. En el Club de Golf Del Uruguay conocí a algunos de mis mejores amigos. De ahí salió la madre de mis hijos. Estoy en duda si nací ahí o en el Hospital Británico.
Pero hablamos del deporte. Primero hice un par de intentos en contra de mi voluntad. Tenía que jugar. Mi viejo participó en varios sudamericanos, un mundial, fue campeón Nacional como 10 años seguidos, fue directivo del Club durante media vida, mi vieja juntaba premios en cajas como si fueran trastos viejos -algunos lo eran-, y mi padre, retirado hoy, no puede con su genio y está a cargo de la parte de golf en La Tahona (un club adentro de un a las afueras de MVD).
Pero yo me aburría como un hongo. Apenas podía, dejaba de ir a las clases. Finalmente, cuando mis padres bajaron los brazos, empecé a ir solito (si, el nene era rebelde desde chiquito).
A los 9 años viajé por primera vez a jugar a Mar del Plata con un grupo de unos 30. Listo. Más que suficiente para enamorarme del deporte (y de la joda en los viajes). Empecé a jugar en serio. Para cuando tenía 12 años, viajé casi 10 veces en un año a BsAs. Y eso significaba faltar un viernes al colegio, sin que se marque la falta “porque iba a representar al Uruguay”. ¡Lo mejor es que hasta de vez en cuando ganábamos! Y eso que en BA hay muchas canchas, mientras los 9 uruguayos éramos todos de un sólo club. Tomá!
Hubieron éxitos, si. Como la vez que fuimos (creo que era Ranelagh), llegamos tarde porque el avión se atrasó, así que terminamos de jugar últimos… y ganamos. La cara de los tipos que ya habían festejado el triunfo demasiado adelantados era un poema.
También hubo algún lío. A mis 14 años, era un buen candidato para ir con la selección para jugar un sudamericano Pre-juvenil. Un mes antes de la clasificación, no tuvimos mejor idea que empezar a tirar pelotas de golf apuntando a un edificio cercano (la Facultad de Ingeniería), y una de ellas se metió adentro de una clase (junto con el vidrio de la ventana). La directiva del momento nos quiso suspender 15 días. Mi viejo dijo: “No, 1 mes”. Chau sudamericano.
A pesar de mis otras “inquietudes” gané algunas copas en esa época.
Me acuerdo una semifinal del Campeonato del Club. Match play a 36 hoyos. Empatamos. Para el desempate, todos los que acababan de terminar de jugar, más los padres, hijos, amantes y novias/os de los que acababan de jugar, más las viejitas que jugaban al bridge, más los veteranos jugando al casín, más la gente en la piscina, más los caddies, más alguien que vio luz y entró, estaban mirándonos desempatar. Desde ese día puedo decir qué es lo que siente Tiger Woods cuando lo sigue todo el mundo por la cancha, festejando sus aciertos y sufriendo sus errores. En cambio, no puedo decir qué se siente ganar plata con eso (qué aclaración al pedo ¿no?). Mi contrincante era un veterano, yo era la promesa; la hinchada estaba de mi lado.
Mi padre estaba tranquilo. Ja! Creo que mientras yo camine una vez las 306 yardas del hoyo 1, él las recorrió unas 12 veces, y eso que estaba tratando de controlarse. Hacía con tanta frecuencia sus clásicos tics (como acomodarse el cuello de la camisa), que pasó de gracioso a dar un poco de miedo en cuestión de segundos.
Empatamos el hoyo 37, el 38, el 39, y en el 40, mi contrincante cae de 2 tiros en la banca y no la puede sacar en 3 intentos. Estaba muerto, habíamos jugado unas 8 horas de corrido, y yo estaba de 3 golpes a 1 mt de la bandera. Perdió. Gané. Es lo más parecido que se puede estar de tocar el cielo con las manos.
Ahora es la parte que le pido perdón a los no-golfistas, no deben haber entendido nada. El resumen es que le pinté la cara a uno en un campeonato importante.
Ahí aprendí también el valor de la constancia. Porque seamos honestos, no es que yo fuera bueno, es que me pasaba todo el santo día adentro del club! Cuando no estaba jugando, estaba tirando pelotas, o practicando con el putter, o devorando las Golf Digest, haciendo cálculos sobre mi handicap, o mirando videos del PGA. Y eso que no había cable en esa época (gracias Peter Stanham por grabar y mandarnos los videos desde USA!). Y yo jugaba siempre. Una vez me tuvieron que venir a sacar de la cancha porque había tormenta eléctrica, Asterix corría diciendo “por Tutatis! se nos cae el cielo encima” y yo seguía jugando aunque el agua me dolía cuando me pegaba en la en la cara y por más que me hacía el distraído, casi se entendía a los truenos gritar “Salí de ahí boludo!”, y podía sentir cómo los rayos miraban con cariño las varas metálicas de mis palos.
También me toco perder. Misma situación, empate. Mi contrincante me ganó en el primer hoyo del desempate. Todo el mundo me seguía a mí, él era el “desconocido”. Y de empate pasé a estar hecho paté en segundos. A mi favor puedo decir que estaba compitiendo contra el futuro mejor exponente del golf uruguayo. Le costó dos meses llegar donde a todo el resto le había costado 5 años. Dos meses más y nos dejaba quietitos y girando como un trompo. Después fue Campeón Sudamericano, estudió en USA con una beca de golf, equipo en el que terminó liderando como Capitán, viajó por todo el mundo representando a la Celeste, entre varios éxitos destacables. Y encima es buen tipo el infeliz. Es el padrino de mi primera hija, y yo soy el padrino de su hijo varón. Igual no lo exime de culpa. Algún día se la voy a cobrar
.
Pero cuando llegué a mi primer examen de bachillerato, (y a la época de salir de noche intensivamente), dejé de jugar. No se pudo con todo, no había tempo.
Además: Poca práctica + resaca = mal golf.
Mal golf repetidas veces = abandono.
Un par de años después vino mi hija. Si quedaba poco tiempo con el estudio, ahora quedaba menos tiempo y poca plata!
Hoy en día, la nostalgia se mantiene, así que cuando se quieran acordar me tienen en los links de nuevo (Papá: prometo no tirar pelotas a la facultad!)





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