Como la mayoría, cuando se acercaban mis 18 años, empieza la ansiedad por tener libreta (Registro de conducir le dicen algunos). Lo mio era histerismo casi. Es como una declaratoria de independencia. Uno se imagina que el padre le va a prestar el auto todos los días. En fin…. El punto es que, como no podía ser de otra manera, en mi caso mi “graduación tuerca” generó anecdótas.
Entre mi viejo y un amigo me enseñaron a manejar. El primero dando vueltas alrededor del Club de Golf de Punta Carretas, y el segundo en La Paloma, Rocha. El aprendizaje salió carísimo, choqué el auto de mi amigo.
Di el examen 3 veces. Corrijo: lo di una vez. Lo intenté dar tres veces. La primera me faltó el puto comprobante de la inspección técnica vehicular. La segunda, cuando me pidieron el documento para poder dar el examen, saqué el documento de… mi novia. Le había guardado el documento cuando salimos la noche anterior, y a la vuelta le di el mio.
La tercera vez, apenas me senté en el auto le dije al tipo que me tomaba el examen: “Es la tercera vez que hago el intento, no nos vamos a poner muy exquisitos ¿no? ¿NO???” Un mostro el tipo, mientras manejaba le fui hacienod el cuento y se me cagó tanto de risa que me la hizo fácil. Y ahi estaba yo, sonriente con mi primer libreta.
Al mes, tuve el honor que me sacaron mi primer foto con el auto (el fotográfo era un inspector de tránsito y la cámara tenía integrado un lindo radar por el que me comí una linda multa por ir a la escandalosa velocidad de 64 km/h en una avenida, que manga de hdp!).
No tuve muchas multas más. Y hasta safé milagrosamente en un test de alcoholemia (el que mi amigo el que me enseño a manejar perdió estrepitosamente. Dicen que tuvieron que tirar a la basura ese espirómetro porque el aparatito se mamó de tal manera que desde ahi daba cualqueir rsultado.
Para haber tenido este profesor, no enduve tan mal ¿no?




