
Me encanta la salsa ketchup. Casi todas las marcas. Pero Heinz es otra cosa. No es ketchup así nomás, es Heinz Tomato Ketchup.
No sé cuáles son las 57 variedades, yo sólo probé la común, la picante, y la salsa de soja, y una vez vi una con ajo. Pero con la original me sobra. El gusto es perfecto. Siempre el mismo, nunca aburre, siempre rico.
No es novedad que no cocino mucho, y por tanto, no soy del todo bueno (Ok, apesto como cooker). Y siempre está Heinz para salvarme la plata. ¿Quedó seco? Heinz. ¿No tiene gusto a nada? Heinz de nuevo. Aahg… muy picante! Un bomberito, y después Heinz. Pocos ingredientes, probemos cómo queda con Heinz. A Heinz le pongo papas fritas a veces, o un poco de arroz. A la carne, Heinz (si es carne de animal, muerta y cocida, también). Necesito simular sangre? Heinz. ¿Tengo la boca llena y quiero decir “rojo”? Apunto a Heinz con el dedo (o con el codo si estoy con las manos ocupadas). Puedo comer sin agua, no sin Heinz. A veces no como con Heinz, sólo para que a la siguiente comida poder decir: hola! te extrañaba! Sólo Heinz puede ganarle a Mc Gyver. La única razón por la que me hubiera gustado vivir en el siglo XIX, sería para ver el lanzamiento de Heinz en 1869. Si me invitan a comer y no me gustó, pregunto “¿tenés Heinz?”.
Antes usaba la frase “le gusta más que el dulce de leche”. Ya saben por qué sustituí el dulce de leche. Es que el dulce de leche es riquísimo (sobretodo si se come con tenedor y directo del frasco), pero no tiene ni cerca las posibilidades combinatorias de la Heinz.
Es casi lo único que puedo comprar en un envase extra-grande y no se me pudre en la heladera (lo otro es cerveza).
Aguante San Heinz!
(Declaro que no tengo acciones ni ningún interés económico y/o personal en H.J. Heinz Co., sus representantes, distribuidores o empresas afiliadas)




