Me levanto, agarro mis cosas, salgo y agarro la ruta. Me parece que esto ya lo viví. Pero esta vez es distinto. O más de lo mismo. Es más tarde en la mañana, tipo 10 am. La noche está cerrada, sin luna. Como tengo tiempo manejo traquilamente mirando el entorno. Un policia me saluda, pero yendo a 190km/h es dificil darme cuenta quién es. Igual no conozco ningún Inspector. Voy solo, así que pongo la música a todo volumen mientras conversamos tranquilamente con mi compañero de ruta.
Pero al rato pasa lo imprevisto, en el medio de una recta, al intentar dar la curva, el auto se queda, el Sol me encandila, y para evitar darle a toda la gente que hay a mi alrededor, elijo una columna contra la que le doy de frente. Como puedo, salgo de la camioneta, miro a mi alrededor, y no encuentro a nadie que me de una mano. Me doy vuelta, veo el auto tan roto que va a quedar para restos, y yo ahi varado, a miles de km de la asistencia más cercana. Espero unos minutos, y como me aburro de esperar al auxilio mecánico, lo prendo, pongo primera y sigo mi camino. Finalmente son sólo unos rayones, que encima no se notan porque es gris.
Paysandú, Salto y Young me esperan y ya está atardeciendo. A eso del mediodía llego al primer destino, con el tiempo justo para la primer reunión esa mañana.
Al entrar, me atiende un pelado con una cara de soberbio insoportable, que me mira como disminuido, y sin decir palabra me escolta desde su oficina en el 1er piso hasta la mesa de su jefe, justo al lado del blindex de entrada. Al fin se calla, no lo bancaba más. El hombre me comenta al pasar si quiero una toalla para mi cabeza, así puedo ver un poco mejor entre tanta sangre. Le digo que esta bien. Ahora entiendo la cara de terror del otro.
“Hace cuanto que sangra?” me pregunta el pelado mientras se acomoda el jopo. “Desde el amanecer.” “Ok, no hay problema entonces, sigamos.”
La reunión fue exitosa. A pesar de no conocernos nos llevamos bien desde el fin de la charla. Llegamos a un acuerdo, firmamos el contrato, arregle que le mandaba la letra chica en unos días, y después de las puteadas habituales y del destrato por nuestros respectivas empresas, nuestras madres, y por nosotros mismos, nos damos un abrazo fraternal como los viejos amigos que somos y nos decimos “Buen día”.
Salgo tranquilamente, pero un par de kilometros después dejo de correr, y al llegar al auto con el corazón en la boca, no puedo encontrarlo. No debería ser tan dificil, es el único rojo. Miro hacia arriba, y la bomba de lluvia que cae no me deja ver. Me pongo los lentes negros, me subo a mi moto, prendo las luces y seguimos viaje. El calor es insoportable, aunque prenda el aire acondicionado.
Luego de 3 ciudades y dos reuniones, doy por concluido mi viaje, estoy contento por el total fracaso de la semana, así que decido festejarlo con todos mis amigos. Me gusta tomar algo solo.
Me llama un íntimo amigo, nos ponemos a charlar horas, el tipo es un sorete y lo odio, pero me pregunta “¿Puedo ayudarte, o te sigo complicando la vida?”
Llego al hotel, me registro, y le doy un beso a mi vieja, y le pido que me despierte temprano porque tengo que ir al médico a que me cosa los cortes de la espalda porque ayer tengo que viajar.
¿Incoherente? Eso pensás vos.





