Mi Vecina

Tengo una vecina que una vez por mes, amablemente se encarga de abrirle mi apartamento al sanitario.

Mientras el hombre labura, ella estira mis sabanas, pero no tiende la cama.
Tambien levanta la ropa del piso, pero no la pone en la canasta de la ropa sucia. Por último, enjuaga los platos sucios del lavatorio, pero no los lava.

O sea, cuando vengo a casa esta todo prolijito, pero de todas formas hay que hacer las cosas. Como si mi amable vecina no hubiera pisado la casa.

La verdad que mi vecina es una divina, pero ésta  es mi definición de laburar al pedo.

Resiliencia

Resiliencia (Ver en Wikipedia) es la palabra que me vino a la mente ayer. A grandes razgos viene a ser la capacidad que tienen algunos objetos (ejemplo el acero) para absorber energía (o sea, le ponemos presión, cede, pero después vuelve a su lugar). Pero se usa en psicología también, y mi amiga Ella me habló y hasta me dio cosas para leer del tema hace un par de años.

Mi perra Juana, de 4 años, murió antes de ayer. No le bajó el último celo, y a raíz de eso le encontraron un tumor en el útero. La operaron, y cuando se estaba recuperando le dio un infarto.
A algunos el dolor por la muerte de un perro puede ser absurdo, para otros no tanto, pero es real. Y por eso una de mis primeras preocupaciones fue Guille, de 6 años, y cómo reaccionaría por el tema.

Ayer estábamos jugando y Guillemina se paró en seco y me preguntó, de la nada: “¿Por qué se murió Juana?”
“Channn!”, pensé “Ahora viene la parte dificil.” Pero me acordé lo que una vez me recomendaron cuando los chicos empiezan a hacer preguntas complicadas, como por ejemplo de dónde vienen los chicos: Contestar sólo lo que preguntan, y punto.
Nada de hacerles una explicación complicada sobre la ginecología en siglo XXI, ni boludeces como “de una semillita que puso papi en mami”, ni mentiras como “los trae la cigüeña directo y sin escalas desde Paris”. Y mucho menos, claro, hacer una búsqueda rápida en google y mostrarle fotos de cómo empieza y cómo termina la cosa. Simplemente contesar la pregunta: Vienen de la panza de mamá, no son gases!

Pero ayer no era tan fácil. Le contesté: “Porque la operaron y se murió”.
-”¿Y por qué la operaron?” Inquisidora salio la nenita…
-”Porque estaba enferma”
-”Ah, no parecia enferma” Y puso una carita como de “qué pena”
- “No, no parecia”
Ahi me quedé quietito, rezando al cielo que no se le ocurran más preguntas.Juana

Un minuto después se acordó del juego anterior y estábamos a las carcajadas mientras le hacía cosquillas en la panza.

A pesar de su corta edad, Guille pasó por un par de cosas mucho peores que la ’simple’ muerte de un perro, y siempre tuvo una “resiliencia adecuada”.
Para el que no es psicólogo, no deja de sorprender la capacidad de algunos chicos de sobreponerse a los golpes.

Resiliencia. Qué buena palabra, y cuánto nos falta a los grandes a veces de eso!
¿No venderan resiliencia en grageas?

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Nota: este post se publicó originalmente en mis Notas de Facebook el 14 de mayo de 2009.

Ser o no ser (pelotudo)

Recién leí un post en 4manos, donde Fede plantea la duda si ser bueno realmente vale.

Yo me doy cuenta que a veces soy bueno por una razón totalmente egoista. Si son desconocidos, no me importan demasiado las personas que son afectadas por alguna potencial cagada mía. Seamos honestos, no conozco al dueño de la verdulería al que le podría meter ese billete falso que me metieron.

Lo que verdaderamente pasa es que no me banco con cargo de conciencia. Mi sueño vale muucho más que $100 (ojo, un precio tiene eh! No sé cuál es, ni sé si es en plata o en especies, pero seguro que lo tiene).

Y para marcar mi punto, va una anécdota. Una vez me robaron la radio del auto. Tiempo después me roban el auto entero. El auto aparece a las 48hs con un golpecito y una cubierta hecha pelota. El resto, OK. Ni nafta le faltaba. Cuando vino el hombre de la cía de seguros a evaluar los daños, anotó la radio. Yo le dije: “No, la radio me la robaron otra vez, no corresponde”. El: “Decíamos… UUUNAAAA RAAADIOOO”, como dándome tiempo a darme cuenta lo pelotudo que estaba siendo. Le volví a explicar, con firmeza, que no correspondía. “¿Seguro?” “Yep.”

Hasta el día de hoy mis amigos me hacen acordar lo pelotudo que fui. Y mi explicación es la misma: mi sueño no vale tan poco.

Pero no es tan fácil. El problema viene cuando lo que te quita el sueño son los problemas que tenés hoy por haber sido demasiado bueno. Ahí es cuando surge la duda existencial. ¿si no voy a dormir igual, importa realmente si es por bueno, pelotudo, o “criollamente avivado”?

Por ahora tengo la respuesta, pero es irrelevante porque duermo como un lechón. Si algún día cambia algo no les voy a contar ¿OK?

Mi primer e-mail

Para tener mi primer dirección de e-mail, tuve que ir a ANTEL (la empresa estatal de teléfonos en Uruguay).

Cuando digo “ir” me refiero a presentarme físicamente, o sea, sin clics! Salir de mi casa, tomarme un bondi y mostrar mi cara en una oficina. Recorrer las distintas secciones, donde la gente me miraba como bicho raro y no entendían muy bien de qué les estaba hablando, hasta que alguien me mandó a otro piso donde recibio un tipo que los demás veían como una especie de “genio informático”.

Este buen señor tomó mi solicitud, lo que implicaba presentar una Carta Poder del titular de la cuenta de teléfono fijo desde donde yo iba a bajar los correos, llenar un formulario, y luego el gurú de las comunicaciones me dio una una fotocopia donde se detallaba todo el procedimiento que debía llevara a cabo desde la computadora para que pueda recibir y enviar correos electrónicos una vez habilitada la cuenta.

No se podía elegir la dirección (era la primer letra y el apellido, hasta un máximo de 8 caracteres en total), y la contraseña era el número de documento de identidad. El trámite demoraba unos días, los que esperé con ansias, sólo para descubrir que nadie me escribiría un puto mail por largo tiempo.

Toda la familia usaba la misma dirección (olvídense de recibir, pornografia, secretos de Estado, chusmeríos varios, cuentos hot, etc.), nadie sabía si el PC soportaba manejar más de una cuenta, y de cualquier manera el procedimiento era demasiado engorroso para obtener múltiples cuentas.

Lo nostálgico es que en esa época recibir un correo era toda una revolución en la casa, con alguien gritando “llegó un mail, llegó un mail!”

Ustedes supondrán que tengo como como 80 años… no, tengo 32.

¿Cómo fue la historia de tu primer e-mail?

Juntata todos los días

Hace algo así como 14 años, empezamos con un grupo de amigos a salir los jueves de noche. En mi caso la explicación tenía su lógica: era la manera de no sacarle tiempo a mi flia, y a la vez obligarme a mantener contacto con UN grupo de amigos, el elegido, los del alma. Salía cuando mi casa estaba en sueño, volvia, a la mañana siguiente me iba al laburo (bastante hecho paté), pero después podía disfrutar mi fin de semana en familia tranquilamente. Con el tiempo el jueves se hizo el mejor día para salir.

Así estuvimos varios años y hasta el día de hoy nos seguimos juntando, con más o menos quórum, con más o menos ganas, en boliches con más o menos onda (aunque siempre termina ganando el Loubi), pero estamos ahi, al firme. Sé bien en qué andan mis viejos amigos. Con los que no me junto, si no fuera por Facebook podrían haberse unido a los Hare Krishna, que ni me entero. Pero bueno, peor es casarse.

Hace un par de años, durante todo un invierno, nos empezamos a juntar los martes con otro grupo de amigos. Siempre había algún evento los fines de semana, los jueves están tomados, los miércoles cada tanto hay algún cumple, así que quedaba lunes o martes. Nos juntábamos a comer una vez por semana en una casa distinta, el dueño de casa cocinaba algo (o pedia al delivery -je, ése era yo-), tomábamos algo, buenas charlas, risas varias, y a dormir relativamente temprano. La verdad, me mejoraban la semana muchísimo. En fin, convertimos el martes en algo divertido.

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El conductor novato

Como la mayoría, cuando se acercaban mis 18 años, empieza la ansiedad por tener libreta (Registro de conducir le dicen algunos). Lo mio era histerismo casi. Es como una declaratoria de independencia. Uno se imagina que el padre le va a prestar el auto todos los días. En fin…. El punto es que, como no podía ser de otra manera, en mi caso mi “graduación tuerca” generó anecdótas.

Entre mi viejo y un amigo me enseñaron a  manejar. El primero dando vueltas alrededor del Club de Golf de Punta Carretas, y el segundo en La Paloma, Rocha. El aprendizaje salió carísimo, choqué el auto de mi amigo.

Di el examen 3 veces. Corrijo: lo di una vez. Lo intenté dar tres veces. La primera me faltó el puto comprobante de la inspección técnica vehicular. La segunda, cuando me pidieron el documento para poder dar el examen, saqué el documento de… mi novia. Le había guardado el documento cuando salimos la noche anterior, y a la vuelta le di el mio.

La tercera vez, apenas me senté en el auto le dije al tipo que me tomaba el examen: “Es la tercera vez que hago el intento, no nos vamos a poner muy exquisitos ¿no? ¿NO???” Un mostro  el tipo, mientras manejaba le fui hacienod el cuento y se me cagó tanto de risa que me la hizo fácil. Y ahi estaba yo, sonriente con mi primer libreta.

Al mes, tuve el honor que me sacaron mi primer foto con el auto (el fotográfo era un inspector de tránsito y la cámara tenía integrado un lindo radar por el que me comí una linda multa por ir a la escandalosa velocidad de 64 km/h en una avenida, que manga de hdp!).

No tuve muchas multas más. Y hasta safé milagrosamente en  un test de alcoholemia (el que mi amigo el que me enseño a manejar perdió estrepitosamente. Dicen que tuvieron que tirar a la basura ese espirómetro porque el aparatito se mamó de tal manera que desde ahi daba cualqueir rsultado.

Para haber tenido este profesor, no enduve tan mal ¿no?

Yo, el electricista

Hace 2 años y medio me separé. Me alquilé un depto y arranque mi nueva etapa. En el living del apartamento había una lámpara horrible, de esas que tienen un cable en rulo como los de teléfono, que la podés bajar hasta la altura de una mesa o dejarla arriba contra el cielorraso. Era bien fea. Me molestaba bastante. Tanto que se me dio por eliminarla la primer noche en el depto, a eso de la 1 de la mañana. No había apuro, porque de hecho en el depto sólo había una cama y un par de cosas más. Podía hacerlo en otro momento. Pero no, me la tenía que sacar de encima.

En el living habían dos luces, la horrible y un spot menos feo. Apagué la primera, agarré un destornillador, y me puse a descolgarla, parado en un banco alto. En un momento, uno de los cables tocó algo, y PUM! un chispazo y se fue la luz. Las persianas estaban cerradas, así que la obscuridad era absoluta.

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Recordando resultados deportivos III

Bueno, para ser de terror en todos los deportes, ya escribí bastante de ellos ¿no?

Faltó un deporte. Si hubo uno que me llegó a la médula, ése fue el golf. En el Club de Golf Del Uruguay conocí a algunos de mis mejores amigos. De ahí salió la madre de mis hijos. Estoy en duda si nací ahí o en el Hospital Británico.
Pero hablamos del deporte. Primero hice un par de intentos en contra de mi voluntad. Tenía que jugar. Mi viejo participó en varios sudamericanos, un mundial, fue campeón Nacional como 10 años seguidos, fue directivo del Club durante media vida, mi vieja juntaba premios en cajas como si fueran trastos viejos -algunos lo eran-, y mi padre, retirado hoy, no puede con su genio y está a cargo de la parte de golf en La Tahona (un club adentro de un a las afueras de MVD).

Pero yo me aburría como un hongo. Apenas podía, dejaba de ir a las clases. Finalmente, cuando mis padres bajaron los brazos, empecé a ir solito (si, el nene era rebelde desde chiquito).

A los 9 años viajé por primera vez a jugar a Mar del Plata con un grupo de unos 30. Listo. Más que suficiente para enamorarme del deporte (y de la joda en los viajes). Empecé a jugar en serio. Para cuando tenía 12 años, viajé casi 10 veces en un año a BsAs. Y eso significaba faltar un viernes al colegio, sin que se marque la falta “porque iba a representar al Uruguay”. ¡Lo mejor es que hasta de vez en cuando ganábamos! Y eso que en BA hay muchas canchas, mientras los 9 uruguayos éramos todos de un sólo club. Tomá! Read the rest of this entry »

Recordando resultados deportivos II

Seguimos con mis experiencias deportivas.

Skate. En la calle me manejaba bastante bien para lo mala que era mi tabla. Era un buen medio de transporte. Pero no me pidas nada de ‘ollies’, y nunca pude tirarme en la “U” y poder volver… parado.
En esta categoría entra también el sandboard. Es divertido. Divertido verme caer…

Atletismo. Mi colegio, además de ser de varones, tenía pocos alumnos. En mi clase éramos 21. Y se practicaban varios deportes, así que todos teníamos que participar de todo. Hice 100 mts, posta, bala, salto largo, salto alto, etc. Ni me acuerdo de los resultados, así que asumo que no fueron buenos.

Rugby. Con ése deporte me quedé con las ganas porque jugamos sólo un año en el colegio. Lo suficiente como para que todo el resto de los colegios nos pinten la cara sistemáticamente, y no poder cobrarnos ni una sola un año después. Creo que en todo el año ganamos un sólo partido, contra un rejunte de divisiones más jóvenes de otro colegio. O sea, le ganamos a unos nenitos.
Al año siguiente, al director de mi colegio (que era el único que había jugado al rugby y por ende era nuestro DT), lo mandan a Kenya (si, como en Kenia, África) a dirigir un colegio. Ahí se acabó nuestra historia con la ovalada.
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Recordando resultados deportivos I

El post anterior no quedaría completo sin explicar el por qué de tanta ironía. Y ¿qué mejor para eso que revisar las experiencias deportivas en mi infancia y juventud?

Empecemos con lo general: no sirvo para los deportes.
Sigamos con lo particular: no soy bueno para ningún deporte en particular.

No sé si llamarme chancleta (porque no sirvo para ningún deporte), pero digamos que no podría vivir de ninguno.

A pesar de mi corta edad (ja!) hice intentos con varios deportes. Si algo soy, es terco. Así que no iba a dejar por sentado que no sirvo así nomás.

Fútbol: mi madre no tuvo mejor idea que mandarme a un colegio de varones. Y doble horario. ¿Qué se hace en un Colegio de hombres aparte de agarrarse a las piñas y poder tirarse pedos tranquilamente ya que no está la clásica compañerita que se ofende? Exacto. Jugar al fútbol. Todos los mediodías (todos) una hora de Peñarol-Nacional. Y no eran de 11 contra 11. Jugaban todos los que se quisieran meter en la cancha. A veces jugábamos de a 40 o 50! Había que tener cierta técnica para jugar entre tantos. Yo no la tenía. Así que si escuchabas puteadas, seguramente iban dirigidas a mi. O a un tal Sebastián, creo que era todavía peor que yo.
Cuando entre amigos hacíamos un picadito, ¿a quién era el último que elegían? You’ve got it. La frase “tiene dos piernas izquierdas” me queda grande.
Desde ‘teen’ empecé a fumar, así que tuve la excusa perfecta para desertar de los partidos de mediodía a fumar un puchito (y jugar todavía peor cuando no desertaba).

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